La Navidad multicultural llega a San Cristóbal





Distintas imágenes de la celebración de las fiestas de los vecinos del barrio.
Más de 70 nacionalidades celebran sus tradiciones festivas en el barrio
POR LIDIA JIMÉNEZ RODRÍGUEZ
Atención a estos nombres: Mahbub, Nazmin, Smill, Rafaela, Prince, Hakim, José… Son algunos de los 18.000 vecinos del barrio de San Cristóbal de Los Ángeles, en el distrito de Villaverde, al sur de Madrid. Este crisol de culturas alberga en sus calles coloridas y ajetreadas más de 70 nacionalidades que comparten el día a día y ahora, también, las celebraciones navideñas. Cada uno las suyas.
Mahbub y Nazmin vinieron de Sylhet (Bangladesh); Smill y Rafaela, sobrino y tía abuela, desde Barahona (República Dominicana), donde se encuentran “playas más bonitas que Punta Cana”, declaran; Prince, de Ghana, visita a amigos de Senegal y Nigeria; Hakim, de Nadore (Marruecos), lleva la carnicería halal de la plaza Los Pinazos; y José, dueño de uno de los bares más populares de la zona, en la calle Godella, es “de aquí del barrio, de pura cepa”.
Los días festivos en San Cristóbal muestran más que nunca su realidad poliédrica, su condición de melting pot. Con casi un 40% de inmigración, el barrio supera en cifras a la ciudad de Nueva York (EE.UU.), con un 33%. Estamos de alguna forma ante un pequeño Manhattan, pero sin el glamour de las películas norteamericanas, claro. Ningún barrio de Madrid podría competir en esto.
UN BARRIO QUE CAMBIA
El barrio va cambiando poco a poco debido a la capacidad de trabajo de la gente y el generoso apoyo de fundaciones como el centro cultural Casa San Cristóbal, asociaciones vecinales como La Unidad, parroquias como Los Desamparados o la ONG Educación, Cultura y Solidaridad (ECyS), que lleva aquí 30 años dedicada “a defender la dignidad de toda persona”. Su presidenta, Tusta Aguilar, reconoce que “tampoco estamos en Alicia en el País de las Maravillas, pero tenemos muchas cosas positivas, sobre todo la colaboración activa de asociaciones, comisiones, servicios sociales, educadores...”. Su lema de este año es “tu voz nos hace crecer”. Esta sevillana afincada en San Cristóbal hace 25 años destaca “la participación, la implicación, el trabajo en común”. Sobre la fiesta de la paz, como la denomina ella, señala: “Nos juntamos gente muy diferente, porque nos conocemos y nos apoyamos. Aquí todos aprendemos de todos, eso es muy navideño, ¿no?”, bromea. Y así es.
Una de las nacionalidades más comunes en San Cristóbal es la dominicana. Smill Pineda, de 26 años, llegó en 2021. Su madre llevaba aquí desde que él tenía 6. Poco a poco la familia se ha reunificado. “Ahora somos muchos, entre primos, sobrinos, tías, cuñadas... El día 25 de diciembre nos juntamos 60 de nosotros”, explica con una sonrisa enorme.
Estudia mucho y busca un futuro mejor. Quiere ser contable. Muestra una hoja de papel repleta de ejercicios de probabilidad y ecuaciones. “Para celebrar la Navidad, comemos muchas cosas ricas como pollo o espaguetis rojos, y ponemos el árbol”, añade. Y ayuda a su hermano pequeño Dustin, de dos años, a colocar los adornos.
FIN DE AÑO
Mahbub, de 50 años, es dueño del bar El Pirata. Diariamente busca en su móvil noticias de Bangladesh. “Allí tenemos mucha familia, pero aquí mejor”, reconoce. Sobre la Navidad, celebra sobre todo fin de año. Y comen viriani, “que es como paella”, cuenta, “arroz con carne”. “Depende del dinero que tengas, le echas cordero, ternera, y, si no, pollo”, sonríe. Se casó con su mujer, Nazmin, en un matrimonio pactado por sus familias. Pero ambos estuvieron de acuerdo. Había vivido en Arabia Saudí y en Holanda. Pero fue en España donde consiguió estabilizarse.
La mayoría de los entrevistados, sean de donde sean, coinciden en destacar la alegría de estos días. ¿Los motivos? Se reúnen con la familia, se visten elegante y se intercambian regalos. La parroquia también se pone sus galas. El párroco, padre Jaime, recalca que organizan “encuentros con las familias, invitándolas a participar en una novena de preparación muy marcada por la cultura de cada país e invitamos a celebrar la misa de Gallo, a medianoche, donde participa gente de todas nacionalidades”. “Es un momento de fraternidad y alegría”, agrega.
Desde el Instituto San Cristóbal, con unos 500 alumnos, comentan cómo cada estudiante presume de sus costumbres propias y su religión. “Cuando se dice que hay tantas nacionalidades, suena chocante, pero es cierto”, comentan desde el centro educativo. “Aquí hay estudiantes de unos 40 sitios: México, Uruguay, Colombia, República Dominicana, Marruecos, Rumanía...”. Y últimamente llegan también de países asiáticos. “Tenemos un aula de enlace donde aprenden español una niña china, un pakistaní, otro de India...”. Confiesan, entre risas, que al principio se organizaban con el traductor del móvil para hablar con ellos y sus familias. “Pero vamos, estamos acostumbrados”, remarcan, “para nosotros, es lo normal”. En esta normalidad coinciden la mayoría. La interculturalidad es una oportunidad, aseguran unos y otros.
En el bar JJ, desde hace 30 años José García es el rey. Este profesional de la hostelería nacido en San Cristóbal pone croissants en la plancha mientras sirve cafés con leche o echa cervezas. Pura eficacia. “Aquí viene gente de todas partes”, afirma también en el único minuto en el que el tumulto parece apaciguarse. En su casa se celebra la tradicional cena católica de Nochebuena, el 25 de diciembre y la Nochevieja. De hecho, el bar se cierra. “Para algo soy el dueño”, bromea. “Así puedo estar con mi mujer y mis dos hijos, que bastante trabajamos ya todo el año”, reconoce frente a uno de ellos, que también le echa una mano.
UNA CABALGATA ESPECIAL
Cerca del metro, camina Prince, de Ghana. Al lado, en la plaza Los Pinazos, Hakim despacha amablemente en su carnicería. Tiene tres hijos, de 9, 6 y 2 años. En estas fechas, comen “cous-cous, tayín con especias...”. Y añade: “Como musulmanes, no celebramos la Navidad, pero respetamos mucho. Hacemos una cena un poco especial y contamos a nuestros hijos lo que está ocurriendo en este país”.
La Asociación de Vecinos La Unidad cuenta que esperan 800 personas para tomar churros con chocolate tras la cabalgata de Reyes Magos del 5 de enero. “Y habrá actividades infantiles, piñatas, muchas cositas”, declaran. Y allí se reunirán familias y más familias. Cada una con su religión, sus costumbres, sus ropas, pero un único lenguaje común: el regalo (navideño) de la convivencia.